" La Iglesia de Cristo se renueva en su Apostolado, cada vez que un nuevo Obispo es elevado, por la Sagrada Ordenación, a la condición de Defensor de la Fe y Guardián de la Verdad.
Esto se da, a través de un misterio tan antiguo como el tiempo, y que tiene sus raíces en la Sagrada Orden del Sumo y Eterno Sacerdote Melquisedec.
La Sagrada Ordenación, por su propiedad única, hace pasar de generación en generación, de persona a persona, la Sucesión Apostólica, tal cual fue dejada por los Apóstoles de quien los nuevos Consagrados u Ordenados, son los legítimos Sucesores, imponiendo así, la continuidad del Sagrado Ministerio y la continuidad de la propia Iglesia.
"Ubi Episcopo, Ibi Ecclesia" -donde está el Obispo, allí está la Iglesia- dice el dicho eclesiástico en todo verdadero.
Al levantarse el Elegido, ya en la condición de Consagrado, muere el viejo hombre para resurgir en un milagro único y exclusivo, aquel que tiene en sí, el poder de juzgar, de cerrar y de abrir - pues es el ostentor de las llaves - y el poder de gobernar la Santa Iglesia.
Y este milagro sucede tal cual sucedía hace dos mil años, por la imposición de las manos, en la transmisión de la Sucesión, en la invocación del Divino Espíritu Santo, en la unción del Óleo Sagrado.
Y allí el Obispo se torna el centro en torno del cual gravitan, en una perfecta ambientación y armonía, toda la Iglesia, ya sea su Clero, en sus fieles, en su munus salvífico, en fin, en todas sus facetas, quiera como Iglesia Militante, como Iglesia Padeciente, o como Iglesia Triunfante ".
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